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junio 16, 2017

La flor de los granados. Capítulo 1: Siervo del Glorioso.

Un hombre de aspecto bereber nos estaba haciendo la cena en la haima que servía de cocina. Se llamaba Jordi Pujol,  o eso le dijo a los turistas catalanes que habíamos recogido a mitad de camino entre el hotel y el oasis del erg Chebbi.  Para ellos debió ser gracioso, para mí, una muestra más de que aquello era una farsa, una excursión para sacarle el dinero a la gente ávida de emociones controladas. Estábamos en el desierto del Sáhara, sí, pero no mucho.

Fue una cena agradable consistente en un modesto tagine de pollo y ciruelas aderezado con pan de pita y vino barato comprado muchas horas antes en el Carrefour de las afueras de Fez. Por supuesto, todo estaba delicioso.

La conversación giraba alegremente sobre cualquier tema, todos ellos joviales, como requería la situación. Nos habíamos conocido en el desierto y disfrutábamos de esa simpatía automática que sienten los viajeros siempre que se encuentra lejos de casa y coinciden con compatriotas viajando en similares circunstancias a las suyas. La sobremesa fue agradable y distendida y pasó tan plácida como rápidamente, pero tanto Lucía como yo estábamos cansados después de un día entero de viaje y, al cabo de algunos chistes, les deseamos buenas noches a nuestros nuevos amigos. Echamos un último vistazo a un cielo nocturno tan fértil como las riveras del Nilo y nos metimos en la haima completamente agotados dispuestos a dormir de un tirón toda la noche.

Lucía no tenía que haberse desnudado así, tan despacio, de espaldas, girando un poco el cuello para mirarme. No tenía que haber sonreído levemente. No tenía que haberse girado poco a poco dejando caer su chilaba. Por supuesto, no tenía que haber descubierto su cuerpo desnudo  y tembloroso a causa del frío de la noche. Yo estaba dentro de la cama y me quité los pantalones rápidamente ayudándome de los pies,  para que ella no lo notara.

— Ven, acércate —susurré.

Ella se acercó lentamente, como si fuera una reina atravesando el salón de un trono recién heredado. Cuando entró en la cama, nuestras pieles se pusieron en contacto y los dos sentimos el trasvase de energía.  Su piel, helada, recibió con alegría mi cuerpo cálido. Yo aguanté la sacudida concentrando la mirada en sus labios.

—Hey—rió— también te has desnudado.

—Vamos a vestirnos.

Ella me miró extrañada.

—¿Que dices?, ¿Tan cansado estás?

—Vamos a vestirnos de nosotros—repliqué sonriendo.

Y ella rió, porque entendió perfectamente lo que quería decir.

Sus pechos, grandes y blancos como una pendiente nevada,  erizados a causa del frío, pronto se posaron en el mío. Sus pezones recorrieron todo mi cuerpo como arados hasta que llegaron al pubis, se entretuvieron allí unos instantes y unos segundos más tarde se posaron en mi entrepierna.  

Es verdad que en el pene puede latir un corazón. Estaba a punto de estallar, de tanta sangre contenida, hirviendo en sus paredes. Lucía lo prendía entre sus pechos de un lado a otro y de pronto lo dejaba caer, con todo su peso.  Escupía en mis genitales, se escupía en los pechos y luego frotaba ambas partes  haciendo una sopa resbaladiza de sudor, saliva y gemidos.

—Déjame follarte—supliqué.

—Espera.

—Lucía…

Y entonces ella me tapó la boca y la nariz con las manos.

—Te he dicho que esperes.

Al cabo de un rato que me pareció feliz e interminable me liberó las vías respiratorias y se puso completamente de pie, desnuda sobre el estrecho colchón. Ya no parecía  tener frío.  Sin dejar de mirarme a los ojos abrió su vulva con las manos y avanzó lentamente hasta colocarse por encima de mi  cabeza. Yo podía ver su interior, oscuro y rosa, reluciente, mojado.  Entonces se dejó caer de golpe tan rápido que casi no pude ver como su coño se estampaba en mi boca.  Había frenado en el último momento la caída.

El sabor ácido de su flujo y  el calor palpitante de su centro me transportaron a un mundo animal. Ya no podía pensar. Sólo era un mamífero más del planeta cuyo objetivo primordial era reproducirse.  Naturalmente, seguí sorbiendo semejante manjar un buen rato.

Ella cogió mis manos con las suyas y las puso en sus tetas apretándolas fuerte, tanto, que por un momento temí hacerle daño, así que las solté y decidí acariciar su trasero a la vez que sacudía sin llegar a tocarlo del todo su clítoris con la punta de mi lengua. Estaba duro y erecto como un clavo. Lucía pronto empezó a temblar cada vez más visiblemente y a tener espasmos incontrolados hasta que un chillido prolongado y muy agudo salió de la parte baja de su garganta. No quería despertar a los turistas de las otras haimas, pero estaba claro que estaba siendo un orgasmo largo y profundo.

Lo que pasó después me dejó desconcertado.

Lucía se bajó de mi cabeza como una amazona se baja de su caballo para atarlo a un árbol y se metió entre las sábanas.

—Los cojones—protesté divertido.

—El otro día te corriste tú e hiciste lo mismo.

—Sí, pero…

—Te dije que lo haría.

—Ya, pero…

—Pero nada, buenas noches.

Y me quedé mirando el techo de la haima, pensando si valía la pena hacerme una paja o esperar a otro momento.

Al cabo de un rato imposible de medir, algo semejante a una corriente de aire me despertó. Sentí un escalofrío que me recorrió la espalda cuando unas palabras lacónicas y extrañamente firmes llegaron a través de la oscuridad desde el exterior de la tienda.  Eran en un castellano con acento exótico y parecían remolinos de arena arrastradas por el viento de la noche.

—La luna se ha posado en la parte más alta de la gran duna—susurraban las palabras— Ha llegado la hora. Venid conmigo al corazón de todas las cosas.

Escucharlas así, débiles por la distancia, pero firmes, me hizo sentir una curiosidad irrenunciable. Me incorporé despertando con cuidado a Lucía y, habiéndole explicado lo que acababa de ocurrir, salimos al centro del cadrilátero de haimas que formaban una especie de patio interior en el campamento.
Efectivamente, la luna estaba alta, posada sobre una gran duna, y a pesar de que ya empezaba a menguar,se veía con claridad el escenario.  

Las haimas destacaban oscuras sobre el fondo de arena y en el centro del  patio alguien había encendido una hoguera con unos cuantos troncos bien grandes. Era una deferencia, puesto que en el desierto no abundaban.

—Acercaros al fuego lo suficiente para sentirlo, pero no tanto como para que su luz se mezcle con la luz de las estrellas.

Esta vez Lucía me miró sobresaltada y me cogió de la mano. Esa voz, melodiosa y paciente, aunque autoritaria, también la había impresionado. Era una voz atravesada por un acento exótico que evidenciaba un esfuerzo extra por hacerse entender. La obedecimos.

Al llegar a la altura del perímetro de luz  nos sentamos sobre la arena. Entonces vimos la figura de un hombre sentado muy erguido, vestido con unos pantalones largos,  ligeros y anchos, un chaleco oscuro que descansaba sobre su pecho desnudo y un turbante enrollado en la cabeza al estilo bereber que le confería al conjunto un aire teatral, exagerado, como de otro tiempo. Estaba sentado al otro lado de la hoguera y su cara, angulosa y dominada por una nariz aquilina, danzaba al ritmo de las llamas. Tan pronto se iluminaba como se dejaba mecer en la oscuridad.

Al principio pensé que eran ilusiones ópticas, producto del capricho del fuego y mi consternación por todo aquello, pero pronto comprendí que era él quien se acercaba a la hoguera o se alejaba según el momento. Cuando quería acentuar las palabras con la profundidad de su mirada se acercaba al fuego, que se empequeñecía como asustado y, adquiriendo una tonalidad entre azulada y violeta,  expulsaba menos luz que antes aunque de más intensidad, si es que eso es posible. Ese color de ultratumba se reflejaba en sus ojos y, enmarcada en la oscuridad del pigmento negro que cubría sus párpados y pestañas, se diría que una inteligencia portentosa y mística, aguda como el instinto de un zorro, habitaba dentro de ese hombre. De vez en cuando se atusaba su perilla negra y recortada en punta con unos dedos llenos de anillos de mil formas y tamaños.


—¿Quien eres?- me atreví a preguntar.

—Soy Abdelouakil, siervo del glorioso. Soy un maldito, un condenado. Soy un desierto en el tiempo, un juguete olvidado en la arena. Pero soy, por encima de toda consideración, la consecuencia infinita de una mala elección.—esperó un par de segundos para volver a hablar.—También vendo arena.

—¿Perdona?—dijo Lucía,  a la que esa última declaración le había hecho saltar de su ensimismamiento como si le hubieran quemado con un ascua de la hoguera. Yo también estaba estupefacto.

—He dicho que también vendo arena.—sentenció retrocediendo hacia la oscuridad.

El fuego volvió a brillar rojo, danzante, libre, más alto. No tuve más remedio que seguir preguntando. La curiosidad a estas alturas era demasiado fuerte.

—¿Cómo que vendes arena? —inquirí torpemente.

_Así está escrito. Lo elegí.—otra pausa— En lugar de a mi estrella.

Entonces, emergiendo de las sombras lentamente, como si fuera un sigiloso hashashin al acecho, se acercó a la hoguera, que volvió a contraerse asustada, y pronunció unas palabras que nunca olvidaré:

—Es una larga historia. Si os la cuento, tendréis que comprar algo de arena cuando termine.

Lucía  y yo nos miramos y sonreímos. ¿Cuantos dirhams podría costar un poco de arena del Sáhara en el Sáhara? No era un producto escaso, precisamente.

—De acuerdo—sonreí—trato hecho.

Y tanto Lucía como yo nos dispusimos a escucharla imbuidos de una curiosidad sin límites, sentados en el borde del desierto más grande del mundo.

Una pregunta o, mejor dicho, una sensación que no me atrevía a convertir en pregunta, rondaba en mi interior. Si apenas nos hemos adentrado unas horas en la arena del Sáhara… ¿Por qué me sentía en el mismísimo centro?

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