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junio 27, 2017

La flor de los granados. Capítulo 2: El espejismo.

(En el primer capítulo, conocimos a Lucía y a Rubén, dos turistas en plena madurez sexual que viajan por el Sáhara, y a Abdelouakil, un enigmático personaje que les transporta a un mundo de exotismo y misterio).

Hemos creado al hombre de barro, de arcilla moldeable.
Antes, del fuego ardiente, habíamos creado a los genios.
(Corán, 15, 26-27)

Abdelouakil se acercó a la hoguera y sus llamas se avivaron como por efecto de algún sortilegio, ganando intensidad. Entonces, para regocijo de nuestro asombro, metió el brazo entre los ardientes troncos, palpó sus entrañas durante unos segundos que se hicieron eternos y sacó de ellos una vieja tetera metálica. Sirvió el agua hirviente en unos vasos con hierbas dentro y posó la tetera a su lado, un tanto alejada. Para mi era fácil verla, así que noté que no era una tetera en realidad, sino una lámpara de aceite para iluminar, de las que se frotan para que salgan genios, o Djinns, como los llamaban en la antigua Persia.  Abdelouakil,  por lo visto, le había encontrado otra utilidad.

chica desnuda en escalera color

No quise agobiar para que empezara de una vez a contarnos su historia, así que tuvimos que esperar largos minutos a que se enfriara el té y le diera un sorbo. Lo imitamos. Al instante, un calor especial nos recorrió el pecho a Lucía y a mí. Ese té era diferente a todo lo que habíamos probado.

La voz del hombre volvió a sonar con su castellano esforzado y exótico.

—Hace muchísimos años yo era un joven comerciante que comandaba caravanas por el desierto. Me habían hablado del Sáhara, sabía que era el desierto más grande del mundo conocido, pero nunca había llegado tan lejos. Vivía en lo que ahora llamáis Irán y jamás llegué más allá de Egipto en busca de maravillas con las que comerciar.

Por aquél entonces estaba a punto de casarme. Solo necesitaba hacer un viaje más y a la vuelta me casaría con mi dulce Dilsha. Una noche, volviendo del mercado de caravanas donde había estado reclutando gente, un hombre me habló del espejismo.

—¿El espejismo?—Interrumpí.

—¿De cuantos años estamos hablando?—dijo Lucía.

Abdelouakil volvió a acercar su rostro al fuego con gesto contrariado, pero esta vez cogió con sus propias manos un ascua ardiente de la hoguera y la puso sin ninguna prisa en la cazoleta del narguile que había estado preparando mientras hablaba. En cuanto lo hubo hecho aspiró una larga bocanada de aire por un tubo flexible que comunicaba con un depósito lleno de líquido filtrante. El agua empezó a burbujear al paso del aire mezclado con el contenido de la cazoleta y, rápidamente, el recipiente se llenó de humo.

El hombre exhaló una densa nube cuyos aromas me hicieron evocar una manzana asada rellena de hachís.

tomando cafe en lenceria

—Vosotros, los…¿Cómo se dice ahora?.— Preguntó el extraño personaje.

—¿Viajeros?—respondí.

—Turistas.—dijo mirándome serio. —Vosotros, los turistas, siempre viajáis con prisa. Tenéis fecha de regreso. Los viajeros se establecen un tiempo en cada lugar, participan de su vida y la enriquecen. Un turista extrae y desecha.Un viajero aporta y crece.—Otra calada, larga, profunda, burbujeante, precedida de la niebla aromática—El verdadero viaje empieza cuando se han terminado las monedas de la bolsa.

Luego, tras acercarse a las llamas y mostrarnos su mirada de nuevo, continuó.

—Podéis interrumpir mi relato, pero solo cuando vuestro corazón no pueda resistirlo.

Lucía y yo nos miramos asombrados.

—El espejismo no era más que eso —continuó—una leyenda, un lugar que no permanece en su lugar, una ilusión, el exilio del Djinn y un lugar lleno de tesoros inimaginables. Quien lo encuentre se hará el hombre más rico del mundo conocido.—Y sonrió, aunque sus labios solo se estaban curvando por un lado, como un puñal bereber, y lo que mostraban sus ojos, cansados de repente, iba mucho más allá de la tristeza. Pronto salió de su ensimismamiento y al instante su mirada volvió a ser la de antes, cálida a la par que altiva. Prosiguió con su historia donde la había dejado.

—El hombre que me hablaba se llamaba Farid y era cetrero. El papel del cetrero en una caravana es importante pues provee de caza a los mercaderes y necesitaba uno, así que presté atención a su historia. Largas horas me habló de un lugar maravilloso en el corazón del Sáhara llamado Dûll Fûq^r, en el impronunciable lenguaje del Djinn. Era el lugar donde habitaban estos seres que habían sido desterrados o encarcelados en objetos humanos.

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—¿Como esa lámpara?—señalé

—La perspicacia está en ti, turista.—sonrió—Aunque un Djinn sea encerrado en un objeto, en realidad su naturaleza viaja hasta el espejismo. Pero hablaba de Farid, el cetrero. No sé cómo lo hizo. Quizá fuera su mirada seria, alejada de la locura, o su demostración en el arte de la cetrería, puesto que, tras un silbido muy agudo, un halcón se había posado en su hombro. Lo cierto es que, al final de la velada, ese hombre terminó por convencerme para ir a buscar el espejismo. Según decía, llevaba toda la vida investigando y por fin había encontrado la forma de llegar. Había encontrado Dûll Fuq^r.

Justo cuando nuestro narrador pronunció de nuevo ese nombre, los gritos lejanos de un halcón hirieron la paz de la noche llegando hasta nosotros, como si fueran el propio eco de la historia que estábamos escuchando. Abdelouakil siguió hablando.

—A mi me pareció una aventura más. Si funcionaba, me haría rico y si no, daría la vuelta a tiempo y comerciaría mientras tanto. Cuanto más lejos llegara, más beneficio sacaría de mis artículos. Solo es cuestión de saber exactamente la cantidad de agua y víveres que vas a encontrar por el camino y racionar con sabiduría. Y saber cuando volver. Eso es importante.

Nuestro misterioso narrador puso el narguile equidistante entre los dos y me pasó el caño flexible para que fumara.  Al hacerlo me inundó una sensación de embotamiento que dejó paso a una más potente de claridad. No encuentro una palabra mejor para describirlo. Todo estaba un poco más claro, más comprensible. Era como si nunca hasta entonces hubiera entendido la naturaleza esencial de una hoguera, de una piedra, o del amor, o del desierto. Y ahora comprendía. Miré a Lucía y la  deseé con todas mis fuerzas.

Era bellísima, encantadora, iluminada como estaba por la luz de la hoguera, mecida en la noche y la brisa fresca del oasis. Vestía su chilaba comprada en Merzouga pero yo la imaginé vestida como una de esas princesas árabes de los cuentos persas, con sus sedas vaporosas y semitransparentes, que dejaban entrever sus formas. Sus magníficos pechos rozando la telas, su vagina oscura, lavada con flores de azahar, despidiendo los aromas del sexo y de la vida.

Seguí con mi ensoñación. La imaginé tumbada con una mujer árabe, de grandes ojos negros, frente a la hoguera. Lucía dejaba que la mujer, también semidesnuda y reluciente, le lamiera la parte interior de sus muslos y fuera subiendo poco a poco, besando, besando, besando.

Llegó a donde todos quieren llegar y allí empezó a lamer con la punta de la lengua su escaso vello púbico tembloroso, bajando otra vez despacio, como un explorador audaz bajaría por  la sima de un planeta fértil, húmedo y desconocido. Su lengua eran sus ojos. Se guiaba por los estremecimientos de la piel de Lucía, que había arqueado la espalda y se cogía los pechos para poder lamer sus propios pezones en una actitud de deseo casi febril, que yo nunca había visto en ella.

Herida de muerte, la ensoñación se partió en mil pedazos cuando Abdelouakil alzó la voz para hacerme regresar.

—Saber volver es importante. La derrota nunca es total si sobrevives.—repitió Abdelouakil en un tono más alto, como si hubiera estado observando mis últimos pensamientos y supiera que necesitaba ayuda para recuperar el hilo de la historia.

Le pasé la boquilla de la pipa a Lucía para que fumara.

—Cuando diriges una caravana a través del desierto—prosiguió— es lo más importante. La noche de mi partida me despedí de Dilsha. La luna tenía un extraño color rojizo. Un mal presagio, sin duda. Pero si de joven le haces caso a los presagios llegas a viejo mucho antes, me dijo el wali. El Corazón se marchita.

Abdeulakil volvió a adentrarse en la oscuridad, fuera de la luz de la hoguera. Esto no impidió que una llama furtiva iluminara sus ojos. Si unos ojos pudieran estar hechos de rabia y frustración serían como aquellos. Aún así, miraban a la nada, como si hubieran descubierto algo a destiempo. Pensé que esa es una de las peores tragedias que le pueden suceder a un ser humano.

—Cuando volverás—me dijo Dilsha.

—Ya sabes que no puedo responder con exactitud, mi suerte, mi caricia —traté de calmarla— pero es probable que cuando el azahar vuelva a crecer y la flor de los granados sirva para teñir tus labios de nuevo, estaré esperándote en la mezquita junto con el wali para pedir permiso a Dios y ser tu esposo.

—Es demasiado tiempo— me dijo ella ciñéndome un sencillo y delgado collar al cuello.

—Mi amor, a mi vuelta te tomaré como esposa.

Y entonces, una voz vieja y agrietada, como salida de un pozo seco, brotó de la garganta de Abdelouaki y se esparció por el erg, escabulléndose en las sombras.

—¿Queréis saber lo que le dije a mi tesoro?

—¿Qué, qué?—preguntamos al unísono.

—Tenemos todo el tiempo del mundo. Eso fue verdad, pero solo a medias.- contestó llevándose una mano al collar.

Lucía se había dejado caer de espaldas sobre la arena tras darle la calada al narguile y su mirada parecía estar buscando estrellas muertas en el cielo. Diría que una especie de pena serena  se había instalado en su interior. Era normal, yo también la sentía. No intensamente, sino como el olor de un mar que nunca encuentras.

—¿Por qué no continúas?— le dije al extraño personaje mientras me tumbaba al lado de mi novia. La historia me estaba resultando fascinante. Sin embargo, no escuché ninguna respuesta y me incorporé.

No había nadie allí.

—Lucía.

—Qué.

—Se ha ido.

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Lucía se incorporó rápidamente, mirando alrededor. Al poco tiempo una ruidosa inhalación de asombro se quedó atrapada en su garganta.  Abdelouaki había alcanzado en segundos la cima de la gran duna y su figura se recortaba minúscula pero reconocible contra lo que quedaba de la luna llena.

No sé explicar qué nos pasó entonces. Solo sé que Lucía y yo nos miramos presos de un deseo sobrenatural, como inducido y completamente imposible de resistir y que, al introducirnos en nuestra haima para hacer el amor el resto de la noche, nos encontramos en mitad de una orgía. Había allí una docena de cuerpos mezclados, rizándose entre ellos, hombres y mujeres, cuerpos maduros y jóvenes, totalmente desnudos, todos copulando, lamiendo, mordiendo, arañando, chupándose entre ellos. El olor ocre y almizclado del sexo mezclado con vino, sudor y hachís lo invadía todo. Una espesa neblina confería a toda la haima un aspecto hechizante. No tuvimos ninguna opción de resistirnos. Mi corazón al menos, deseaba con todas sus fuerzas formar parte de aquello. Quería introducirme en otros cuerpos, festejar toda la carne, dejar que siete manos me acariciaran a la vez.  Me giré para pedir de alguna forma permiso a mi novia, pero cuando logré apartar la mirada de aquél racimo de cuerpos la vi en el suelo sentada encima de la gigantesca verga de un negro de músculos relucientes, moviendo su pelvis en círculos, subiendo y bajando lentamente,  relamiéndose, con los ojos cerrados.

Ella, al abrirlos, en lugar de expresar algún tipo de vergüenza, hizo señas para que me acercara. Cuando llegué a su altura empezó a cabalgar más rápido a lomos del desconocido. Mientras, se las arregló para liberar mi polla de su encierro y metérsela en su boca, tan cálida y salivada que se diferenciaba muy poco de un coño. Estuvo así un rato, dejando que la follaran y comiéndome a la vez, hasta que todos nos corrimos. El negro en su  coño, su coño en el negro y yo dentro de la boca de Lucía, en una explosión como jamás había tenido en toda mi vida, tan potente que creí disolverme allí mismo, en una oleada de placer licuante.

CONTINUARÁ…

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