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mayo 28, 2021

La flor de los granados. Capítulo3: Gritos al cielo

Al día siguiente nos despertamos doloridos y confusos. No había allí rastro de la orgía de la noche anterior.  Ni cuerpos dormidos, ni vino, ni nubes de hachís.  Nada fuera de su sitio, nada desordenado. Nada. 

— Amor… 

Lucía me miraba con ojos culpables. La noche anterior se había dejado hacer de todo por todos. Y todas. La vi sorbiendo los jugos relucientes de varias mujeres mientras todo tipo de hombres la penetraban por delante y por detrás a la vez. La vi masturbando pollas enormes y haciendo felaciones, la vi chillar de placer en repetidos orgasmos, la vi, en suma, convertida en una máquina sexual palpitante.  

—Lucia-susurré. 

—Rubén- dijo susurrando también mi nombre. 

Y al momento estábamos abrazos.  Al cabo de un instante descubrí que no era culpa lo que sentía Lucía, era un temor suave pero constante, un desasosiego que también se había instalado en mi alma. ¿Qué había pasado?  Nos miramos a los ojos largo rato, sin pronunciar palabra, porque ambos sabíamos que salir del jergón significaría afrontar las consecuencias de lo sucedido el día anterior. 

¿Quién era Abdelouaki? Recordaba su historia a la perfección. Recordaba cómo había desaparecido tras una pausa en la narración para volver a aparecer segundos después en lo alto de una duna, recortado contra la luna llena; recordaba el narguile con olor a hach…

—¡Eso es! -grite poniéndome de pie de un salto. 

—Joder, Rubén, qué puto susto.-protestó Lucía. 

Me daba igual.  Por fin tenía una explicación: nos habían drogado. Había algo más que hachís en la cachimba, quizá en el té. Algún tipo de alucinógeno ultra potente, al estilo de la ayahuasca amazónica, que nos había trasportado a un mundo dónde el sexo era lo único que existía.  O algo así. 

—Nos han drogado, Lucía. ¡Es la única explicación! 

—Rubén, ¡el dinero! ¡Los pasaportes! 

Corrimos hacia nuestras mochilas con un nudo en la garganta pero  nadie había tocado nuestras pertenencias. Todo estaba allí, hasta el último dirham. 

Nos vestimos y salimos al exterior.  

El sol ya estaba bastante alto, así que deduje que deberían ser alrededor de las diez de la mañana. Por eso me extrañó no ver a nadie en el campamento. 

mañana del Sáhara

Ni a los empleados de la agencia que había fletado la caravana, ni a los turistas catalanes que habían venido con nosotros. Nadie. Ni siquiera los camellos que nos habían traído hasta el erg.  El silencio y la quietud reinaban en la mañana del Sáhara, acentuando el carácter vacío de aquél lugar. 

—¿Hola?-grité. 

No hubo respuesta, a excepción del agudo chillido de un halcón que nos sobrevolaba a gran altura. 

—¡Holaaaaaa! -El grito de Lucía estaba impregnado de temor. Me miró asustada. -¿qué está pasando, Rubén? ¿Dónde está todo el mundo?

—No lo sé, pero tranquila -dije señalando un pozo que había al pie de tres palmeras. – no pasa nada.  Tenemos agua. Y la comida que compramos en el Carrefour de Fez.  Se habrán ido sin nosotros por error. Volverán a buscarnos. 

Pero sabía que no iba a ser así. Las caravanas dejan huellas en la arena del desierto. Cuando dichas caravanas son constantes y no sopla el viento las huellas duran días, incluso semanas. Pero ninguna huella de caravanas salía del perímetro del campamento.  Nada, en cientos de metros a la redonda, había pisado esa zona del desierto en mucho tiempo a pesar de que habíamos llegado hacía sólo dos días. Nada tenía sentido.  Ahí fue cuando me asusté de verdad, aunque me abstuve de contarle mis temores a Lucía. ¿De qué hubiera servido?

Al amanecer del quinto día, presos de una súbita desesperación, decidimos cargar lo imprescindible -comida, agua, abrigo- y salir de allí. Bebimos todo lo que pudimos, miramos por última vez la haima donde ambos nos habíamos dejado llevar por aquél deseo incontrolable y emprendimos la marcha.

—¿Hacia dónde? -dijo Lucía antes de abandonar el oasis. 

No lo sabía. No sabía qué dirección tomar, pero por alguna razón recordé al cetrero de la historia de Abdelouaki y miré al cielo en busca del halcón que llevaba días sobrevolándonos.  Allí estaba,  dibujando círculos en lo alto, alejado de nosotros en una dirección concreta.  

—Hacía allí -dije señalando al halcón. 

Lo seguimos durante interminables días, cada vez más asustados, cada vez más cansados. Siempre estaba volando y por la noche se posaba en el suelo, cerca de nosotros.  Le dejábamos comida y agua, pero el pájaro jamás bebía ni probaba bocado. 

noche de orgía

Yo me distraía pensando en la noche de la orgía.  Había sido increíble. Ver a Lucía siendo follada por todos esos hombres mientras yo follaba y era follado también por…  ¿por qué? ¿también por hombres? Sí, creía que era muy posible.  Los recuerdos se mezclaban como los cuerpos de la orgía. 

Una noche hablé de ello con Lucía, mientras las estrellas languidecían en el firmamento, frías y distantes. 

—Lucía -dije con un poco de vergüenza- aquella noche,  la de la orgía. Dejé que me follaran, ¿verdad?

Lucía me miró y su habitual semblante de preocupación se relajó un poco. 

—Y tanto, Rubén, y tanto. Es lo que más cachonda me puso, creo.  

Entonces recordé de golpe.  

Una mujer joven de aspecto bereber y mirada sedienta se me había acercado por detrás mientras yo le comía el coño a Lucía. Había empezado a masajearme la polla y los testículos mientras metía su lengua en mi ano, moviéndola allí dentro, como si un pequeño tornado de saliva se estuviera abriendo camino.  

Fue estremecedor, tan placentero, que permití que la lengua diera paso a uno de sus dedos, y luego dos, y luego tres.  La mujer sabía lo que hacía, puesto que nunca dejó de pajearme mientras tanto. Yo seguí comiendo el coño de Lucía mientras la mujer me hacía todo aquello.  Al cabo de un momento noté más presión en mi ano, cosa que me gustó,  mientras la mujer se las arreglaba para meterse en la boca mi polla, hasta los testículos.  Un momento, recuerdo que pensé, ¿si ella está aquí? ¿quien está…? Dejé de comerle el coño a Lucía para mirar quién me estaba metiendo los dedos con tanta habilidad. Me hacía daño, sí, pero no mucho. El placer ganaba, de lejos. Por eso, cuando ví que un joven negro me estaba follando, le dejé seguir.   

Lucía le comía la verga a alguien, yo le comía el coño a Lucía, una chica árabe me chupaba la polla  y un negro me follaba el culo mientras tanto. Todo a la vez. 

Decidí salir de aquél recuerdo, porque me estaba poniendo cachondo de nuevo y Lucía me estaba diciendo algo. 

llegar de nuevo al oasis

—Rubén, no me queda agua. -decía al tiempo que volcaba la última de las cuatro cantimploras que habían contenido el preciado líquido. 

—Pues paremos aquí a pasar la noche.  El agua que nos queda- yo cargaba con 4 cantimploras más, todas ellas a rebosar- nos da para llegar de nuevo al oasis, pero creo que vamos a llegar a algún lado pronto. 

—¿Cómo lo sabes?

—Es un presentimiento- dije mirando al halcón que se acababa de posar en tierra. 

—Bueno, descansemos esta noche. Y lo hablamos. 

Pero esa noche nos invadieron otra vez las ganas de follar.  Fue un sexo extraño, duro, desesperado.  No hubo besos, pero hubo manantiales y gritos y arañazos y disoluciones.   

A Lucía le dio por hablar durante todo el polvo..

—Más fuerte, hijo de puta- decía -más fuerte. Tengo sed. Tengo mucha sed. Fóllame más, más, más, más.  Fóllame, Rubén. Quítame la sed. 

Y yo acataba sus órdenes sin importarme en absoluto que la arena nos hiciera daño, que el Sáhara se pusiera a follar con nosotros, penetrándonos por cualquier orificio disponible. Y todos lo estaban. 

Le chupaba las tetas a la vez que las estrujaba sin delicadeza, justo como a ella no le gustaba, pero esta vez parecía encantarle.  Pronto la arena nos impidió seguir en la postura del misionero, así que se sacudió un poco y se puso a cuatro patas. Su coño asomaba latiendo como un ser independiente, con restos de arena que se deslizaban entre sus piernas arrastrados por el flujo vaginal.  

Me escupí en la mano, me limpié con ella la arena del pene y la embestí con fuerza. Lucía jadeaba de placer mientras se masturbaba. 

arena por todos los rincones

Estuve así un rato y a la vez le metía el pulgar en el ano, trabajándolo hasta que estuvo relajado y abierto. Le follé el culo.  No sé por qué, le follé el culo y Lucía me dejó. No era el momento, con tanta arena por todos los rincones de nuestros cuerpos, pero ambos quisimos hacerlo a pesar del dolor. 

Al cabo de un tiempo cabalgando salvajemente, nos corrimos gritando. Ambos gritamos tanto y tanto tiempo que cualquiera criatura viviente, de existir, lo habría oído a kilómetros.  Había placer en ese grito, sí, pero también miedo, el miedo atávico y ancestral de aquellos que tienen cerca a la muerte. 

Así, envueltos en la extrañeza de un polvo extraño, nos dormimos sin haber tomado ninguna decisión. 

Nos despertó el grito del halcón, que ya volaba alto con las primeras luces del alba. 

Al ponerme de pie dejé escapar un grito de sorpresa. ¿Eso de allí era una ciudad? 

—¡Mira, Lucía!, ¡allí hay algo!

Efectivamente, la rielante silueta de lo que parecía una ciudad nacida de la arena, se desplegaba en el horizonte.  El halcón chilló varias veces y empezó a volar en su dirección. 

—¿Estás seguro? -preguntó Lucía-  Parece un espejismo. 

CONTINUARÁ….

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