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abril 13, 2017

De cómo la he cagado siempre al cortar con mis novias y lo que duele.

Depende de quién seas, claro está. En mi caso, el caso de un puto cobarde con, eso quiero creer, algo de conciencia, tengo unas cuantas  piedras de culpabilidad ya en la mochila. Algunas se han convertido en arenilla. Están en el fondo  junto con los gallumbos del karma y los pantalones de chándal existencial. Otras, están bien presentes, graníticas, y, si bien ya puedo hablar de ellas, no significa que no pesen.

El caso es que yo siempre he cortado de puta pena con mis novias. Siempre tarde. Siempre retrasando el momento, siempre diciéndome que era un problema para mi “yo” del futuro. Qué estupidez. Pues bien, tras años de meditación, meteduras de pata cósmicas y de pensar cuál es la mejor forma de hacerlo, esta es la conclusión a la que he llegado.

Aviso a navegantes: no soy psicólogo, ni hago terapia de pareja, ni nada por el estilo. Yo sólo la cago y escribo cómo. A veces aprendo algo en el proceso.

Eso es todo.

Cuando las sombras acechan es que te estás acercando a la verdad.

Una de las cosas más bellas del mundo es estar enamorado. Es normal que nos mintamos a nosotros mismos cuando dejamos de estarlo. O cuando empezamos a sospechar que algo no funciona. O cuando… no sé, las señales son múltiples y sombrías. Pero si son sombrías es porque tú les das ese barniz y se lo das porque lo que empiezas a intuir no te mola nada, porque sabes que es verdad y la verdad va a hacer saltar por los aires tu zona de confort.

Es triste el día que te das cuenta de que te follarías a otra, ¿verdad?

Ahí tienes una señal del tamaño de Saturno. Pero no me refiero a ese, “Eh tío, mira que buena está esa”, no. Me refiero al día que tienes la posibilidad de acostarte con alguien que te ha hecho tilín y te vas triste de cualquier manera: si no follas, te vas triste porque no estás sacándole todo el meollo a la vida, pero si lo haces, eres un cabrón que le has puesto los cuernos a tu novia. Y créeme, lo eres.

He aquí un buen momento para pedirse otro cubata.

Cuando una relación empieza y hay fuego y ansia y pasión y ganas de respirar el mismo puto aire que tu pareja no existen otras personas. Al menos en mi caso. Podría salir de fiesta, estar la mar de contento, ponerme hasta arriba de ron cola y ver un troll en cada mujer que se me cruzara.

Luego empiezan a pasar cosas. Cosas normales en cualquier relación duradera, claro está. Discusiones, cosas que le gustaban de ti que ahora, de repente, tienes que cambiar. (No asientas satisfecho, tú has hecho lo mismo con tu pareja) En fin, las cosas que antes te hacían gracia de la persona amada ahora te joden bastante. De hecho, prefieres que te atropelle un autobús antes que volver a verla estornudar así. Si te vuelve a decir que le duele algo vas a estamparle el botiquín (ficticio, como su dolencia) en la boca y odias la forma que tiene de decirte todo lo que haces mal.

Todo eso son señales. Y lo sabes. Ha llegado el momento de cortar, de verdad. Lo peor que puedes hacer es dejar que la olla a presión empiece a calentarse, y calentarse, y calentarse, y explote. Sobre todo, no uses la válvula para que aflojar la presión un ratito con técnicas tipo Vamos A Tener Un Hijo A Ver Si Hace Magia De Paso Y De Repente Todo Lo Que Odio De Mi Pareja Desaparece. Eso funciona. Un rato.

Si vas a tener un hijo porque las cosas están aburridas con tu chati, deberías considerar minuciosamente otras posibilidades, como el running o, ya puestos, la caída libre. En otras palabras: no seas egoísta, chavalote.

Lo mejor es ser honesto y valiente. Y lo más difícil. Pero, al final, eso es lo que he aprendido. Ahora, a punto de cumplir (más vale tarde) los cuarenta, me he dado cuenta de que la solución para la mayoría de problemas es la misma: pórtate como un hombre. O una mujer si es lo que eres. Ya sabes lo que quiero decir.

Si la relación no tenía importancia, entonces no te creas tan importante tú y corta sin más. Lo superará.  Hay veces que creemos que somos tan guays que la otra personas no va a poder vivir sin nosotros, pero la verdad es que raramente es el caso. No somos el centro del universo, ni siquiera el centro del universo de las personas que conoces que te quieren.

Pero si tu relación tiene tiempo,  años en los que has vivido cosas importantes, le debes algo a tu pareja: La Verdad. Así, con mayúsculas. ¿Y sabes qué? Te lo agradecerá el 100% de las ocasiones. Quizá tarde un poco, quizá no, quizá lo haga en su jodido lecho de muerte. Pero lo hará. La Verdad, por jodido que sea decirla, es una forma de honrar lo que vivisteis y de honrar a tu pareja.

Y por mucho que le hayas dolido, le habrás dado un último regalo: ser más sabia.

De nada.

J.R.I

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