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octubre 19, 2017

Relato erótico: “¿A cambio de qué?”

Leo jamás había visto una mujer tan misteriosa. Estaba en medio de la pista de baile y se movía de forma elegante, lenta e imprevisible, derramando sexualidad igual que un río brota de las rocas. Nadie parecía darse cuenta. Nadie, excepto Leo.

De algún modo, sus miradas se habían cruzado, sorteando la oscuridad y las decenas de cuerpos danzantes.  

Empezó a caminar hacia él. Su cuerpo, alto y voluptuoso, se movía en completa armonía con el entorno, de forma que no le hizo falta apartar a nadie, ni hacer ningún movimiento extraño para esquivar los bailoteos del personal. Parecía deslizarse entre la gente. Leo se removió en la soledad de su taburete, repentinamente nervioso. Normalmente nunca se le acercaban diosas.  

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Estoy siendo un capullo, pensó. No viene a mi. No viene a mi. Va a por un cubata.

—Vengo a ti, Leo. -susurró la mujer cuando llegó a su altura. Un mechón de pelo rubio y rizado cayó asombrosamente gracioso sobre su hombro, mientras hablaba.

—¿Perdona?

—Ya sabes lo que he dicho.

Ella le estaba mirando a los ojos. Él se sentía como una comadreja atrapado por la visión de un tsunami que se acerca. Era imposible escapar de aquel espectáculo azul brillante,  hermoso y aterrador.

—¿Cómo te llamas?-consiguió articular Leo.

—Aidín.

—Yo soy Leo. Mi padre es del Barça.

Con 39 años era imposible tener ese nombre por Leo Messi, de ahí la gracia. Pero la mujer no se había reído. Al contrario, parecía escrutar al hombre con determinada curiosidad.

—He venido de muy lejos para estar contigo.- declaró Aidín.-¿Nos vamos a otra parte?

—Cla…claro. ¿Donde?

—¿Dispones de un hogar?

No se lo podía creer.

—Sí, claro.

Leo creía que su polla iba a reventar. Habían ido a su casa en taxi, enrollándose todo el trayecto. Primero la había besado con timidez pero, al notar su lengua culebreando, quiso beber de su boca, sorber su saliva, apresar sus pechos, meterle todos los dedos posibles en su coño sediento. Leo creyó desaparecer en un tornado sexual.

Normal. Nunca había tocado a una mujer.  Y ahora ella estaba en el salón de su casa, desnudándose lentamente, enfrente del sofá donde se encontraba Leo.

—Eres una diosa. ¿Por qué yo?-inquirió.

—¿Realmente quieres saberlo?

Y fue pronunciar esas palabras y tenerla encima, sentada a horcajadas sobre sus piernas. Aunque no sabía cuándo se había quitado la ropa, Leo comprobó que también estaba desnudo. El contacto de las dos pieles fue demoledor. Como si dos fieras destinadas a copular y sólo a eso se hubieran encontrado tras años de búsqueda al borde de la locura.

—Pero…¿Qué está pasan…?

Esas fueron las últimas palabras racionales de Leo. Porque después de eso su polla se introdujo en un lugar mojado, blando y cálido.  Se estremeció, inmerso en el centro del centro. Aidín dejó escapar un gemido, pequeño y categórico. Todos los gemidos de todas las mujeres del mundo estaban concentrados en ese sonido. Por eso,  y a pesar de estar dentro de ella apenas diez segundos, Leo sintió como despertaba un volcán entre sus piernas. Sintió un orgasmo tan basto, largo y potente que gritó presa del júbilo mientras lo disfrutaba. El grito llevaba impreso la excitación, el placer, el asombro y la alegría de alguien que se corre por primera vez, muy tarde, dentro de una mujer hermosa. No lo acompañó la sensación de vacío habitual que sentía después de hacerse una paja, desde luego.

Ella, en cambio, no parecía haber disfrutado tanto.

—Vas a tener que esforzarte largamente esta noche, algunas veces más.-dijo Aidín un tanto enigmáticamente.

—Lo siento, yo… me he corrido enseguida. -soltó Leo explicando lo obvio.

—El error habita en tus palabras. -replicó la mujer.

“¿Por qué coño habla así? Que rara es, joder”.

—¿Qué quieres decir?

—Tu savia sigue en tu interior. No me has dado tu esencia. No he querido recibirla.

—No te entiend… -pero lo entendió mientras hablaba. No se había corrido. Había tenido un orgasmo del tamaño de la vía láctea, pero no se había corrido.-¿Como lo…?

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Otra vez ella se había lanzado hacia su cuerpo. Tenía las pelotas envueltas en sus manos y los pechos, grandes y redondos, parecían querer matarlo de asfixia. Esta vez Aidín no abrió su vagina para dejar que la penetrara, sino que prefirió frotarla contra su polla. Se deslizaba suave y palpitante, gracias a los lubricantes que manaban con profusión de sus respectivos órganos.  La situación pronto se volvió incontrolable. Ella arqueaba y contraia su pelvis, frotándose arriba y abajo, abriendo la boca para, sin embargo, no dejar escapar el grito, ese grito afilado y ardiente que haría que el mundo entero y su sesuda racionalidad desapareciera revolcándose en la oleada.

Seguía frotándose cada vez más descaradamente, hasta tal punto que muchas veces Leo creía que su verga iba a desaparecer por fin en el interior de aquella fiera. Pero nunca sucedía. Tan pronto ella se abría un poco para dejar que Leo sintiera el calor hipnotizante como se cerraba urgentemente, dispuesta a no ceder  ni un milímetro.

Al cabo de unos minutos de excitación desbocada ella dejó que la embistiera. Dejó que Leo introdujera 39 años de sequía, de excitación reprimida, de fantasías insatisfechas, de deseo voraz.  Él se acordó de todas las veces que no había tenido valor para tratar de follar con alguien. No sabía por qué, pero empezó a recordar a Laura Roca. Cómo se había aprovechado de él. Cómo lo había calentado durante años y años, hasta casi dejarle hacer algo, sin dejarle hacerlo nunca. Tampoco es que lo hubiera intentado mucho. ¿Cuantas pajas se había hecho pensando en ella desnuda, vestida sólo con un conjunto de lencería de encaje negro?

Volvió a centrarse. Estaba con Aidín, la diosa. La miró a los ojos mientras seguía penetrándola y vio en ellos un brillo divertido e inquisidor a la vez.

Por eso, cuando la vio, no se sorprendió del todo. Allí estaba Laura, en medio del salón, vestida con un conjunto de lencería de encaje negro. Los miraba con deseo mientras se frotaba lentamente el clítoris con la punta de los dedos utilizando las dos manos en la operación. Una para abrir los labios vaginales y otra para masturbarse.

—Puedes ordenarle lo que quieras- le indicó Aidín. Entonces se destrabó, se puso a cuatro patas ofreciendo su culo a Leo y le indicó a Laura que se acercara con un gesto.  En cuanto llegó a su altura empezó a lamerle el clítoris.

Leo no era capaz de pensar con claridad. ¿Que hacía Laura allí? ¿Cómo había llegado? Es más. ¿Qué hacía Aidín allí? ¿Cómo era posible que después de 39 años de virginidad estuviera follando con dos Diosas?

La respuesta de Aidín lo asustó. Lo asustó de verdad. Más que nada porque no había preguntado nada en voz alta.  

Aidín respondió dándose la vuelta y sentándose de rodillas, apoyando los glúteos sobre sus talones. Un aura verde, pálida y brillante a la vez, había empezado a envolverla.

—Diosa, Leo. Una Diosa. Yo.

—¿De qué estás hablando?-balbuceó Leo.

—Soy Aidín, diosa del sexo y la fertilidad. Y puedo satisfacer cualquier fantasía que tengas. Hacerla realidad. Puedo concederte cualquier deseo relacionado con el sexo.

—¿De forma permanente?

—De forma permanente, si así lo deseas.

—¿Podría pedirte ser el hombre más atractivo de la tierra? ¿Poder follar con la mujer que me apetezca cuando me apetezca? ¿Hacer que las mujeres se enamoren y dejen de estar enamoradas de mi cuando me apetezca?

—Todo eso es fácil.

Pero Leo era un tipo listo. Puede que no tuviera carisma, o que no fuera muy agraciado. Puede que tuviera una timidez patológica cuando de mujeres se tratara. Pero no era idiota.

—¿A cambio de qué?

Aidín sonrió.

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—Ahora es la astucia tu habitante.

Entonces notó como Laura, su secreta fantasía, empezaba a lamerle las paredes del pene, desde la base hasta el glande. De vez en cuando dejaba que todo el perímetro labial lo recorriera de igual forma, pero no terminaba de metérsela en la boca. Leo echó la cabeza hacia atrás para gemir más libremente.

—Me es…tás- tembló-en..gatusa..nndo.

—Otra vez aciertas- Dijo Aidín mientras se agachaba al encuentro, también, de su polla.

Al momento las dos mujeres le estaban haciendo una felación. La mente de Leo entró en una especie de caída en barrena.

¿A cambio de qué? ¿A cambio de qué? ¿A cambio de qué? ¿A cambio de qué? ¿A cambio de qué? ¿A cambio de qué? ¿A cambio de qué? Eso era lo único capaz de pensar.   

En ese momento Laura se metió en la boca la polla de Leo y empezó a subir y bajar con una endiablada habilidad ,pero Aidín volvió a ponerse a la altura del rostro de Leo, chasqueó los dedos y al instante Laura interrumpió la mamada. A cambio, le cogió los huevos suave pero firmemente, como si no quisiera dejar escapar su precioso contenido. Los mecía, acariciándolos.

¿A cambio de qué? ¿A cambio de qué?

Leo notó como se introducía en Aidín de nuevo, sin que su voluntad tuviera algo que ver, y notó como el volcán despertaba de nuevo, casi enfadado, más suplicante, más inevitable que nunca. Era como un dragón traicionado por un hechizo de siglos. Un torrente arrollador, incontenible, que pronto habría cruzado el punto de no retorno.

Fue al recibir el esperma de Leo cuando contestó.

—A cambio de que me preñes.

CONTINUARÁ.

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