Lierta, Pirineo Aragonés, 2015

Josefina contemplaba el paisaje sin reconocer los restos de su pueblo. Allí estaba de nuevo, en el único lugar del mundo donde por primera y única vez en noventa y seis años, durante tres meses tan fugaces como eternos, había amado a alguien de verdad. Si no recordaba estando en medio de esas calles invadidas por la hierba, entre esas paredes semiderruidas por el frío y la derrota y los años y la noche y el musgo y el olvido, si algún rayo no le alcanzaba la memoria, Josefina diría adiós muy pronto. Es lo que le pasa a las personas que ya no pueden recordar: zarpan hacia la nada como barcos vacíos.

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Lierta , 2015

Fernando era un maqui huido en las montañas. Josefina, la hija de un alguacil fascista.

Se hablaron por primera vez una mañana de principios del tórrido verano de 1940, cuando Josefina se bañaba en una poza del río que serpenteaba entre hayedos y quebradas bien lejos del pueblo.

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Josefina en el rio

Él la espiaba. Ella sabía que él la espiaba. Se bañó durante un buen rato, jugando con el agua y la luz que había sobrevivido a su paso a través de la  techumbre de hojas. Josefina tenía entonces veintidós años y el cuerpo más turbador de todo el Pirineo Aragonés. Era alta y esbelta, pero eso no le impedía poseer unas piernas poderosas. Su espalda se curvaba a la altura de los riñones, lo que hacía que sus grandes pechos parecieran tener la secreta intención de volar hasta las nubes en algún momento. Su pelo, largo y fino como un susurro,era oscuro y rojo como el color de la tierra. Fernando no pudo evitar acercarse al río mientras ella le mostraba la espalda.

-Josefina- le dijo temblando.

-¿Qué quieres, Poeta?- rió ella.

 No se movía. Permanecía de espaldas a él, en el río, dejando que los labios de su centro y el vello púbico de los alrededores se mecieran en la corriente.

-Quiero montarte, Josefina. Y besarte hasta que se te seque el entendimiento. Y después volver a montarte y volver a besarte y comer y caminar contigo por el bosque y vivir de la noche y las estrellas.

Fernando el Poeta, al que por algo lo llamaban así los mozos del pueblo, perseguido como estaba por los nacionales en cada pueblo de los Pirineos, había decidido apostar toda su valentía a una sola jugada.

-Pues vas a tener que cogerme.

Entonces Josefina se giró, hermosa en su desnudez. Parecía una virgen santa en mitad de la naturaleza, pero algo en sus ojos demostraba justamente lo contrario. Era la mirada de un animal en celo.

El se metió vestido sin notar el frío del agua y la besó sin cuidado, arramblando su boca, recolectando con la lengua toda su saliva. Ella se resistió al principio, pero poco a poco fue dejándose caer en la tentación y pronto estuvieron los dos tocándose ávidos en una vereda del río tapizada de hierba. Se revolcaban como animales. Era un sexo rudo y salvaje, causante de arañazos, heridas y moratones. Hicieron el amor durante horas, como si quisieran recuperar el tiempo perdido, como si fueran a morir al día siguiente. Hicieron cosas salvajes que nadie hacía. Fernando penetró y bebió de su coño durante horas y cuando se hubo secado como un manantial en verano, se concentró en su trasero.  Ambos necesitaban seguir follando. Así que ella se relajó y las paredes de su ano empezaron a palpitar. Él introdujo un dedo tembloroso y cuando hubo entrado con facilidad empezó a moverlo en círculos lentamente.

-Méteme otro.- dijo Josefina presa de una excitación extrema.

Fernando cumplió la orden al instante. Así que metió otro dedo, y otro, y después otro. Cuando vio que tenía cuatro dedos dentro del culo de Josefina no pudo más, los sacó y le metió la polla.

Ella gemía de dolor y placer al mismo tiempo. Él creyó que se volvería loco. Ella, estando dominada completamente, a cuatro patas, se empezó a masturbar. Él, a embestir sin cuidado. No duraron mucho. Los dos se corrieron a la vez y los orgasmos fueron tan intensos que pudieron oírse sus gritos en kilómetros a la redonda.

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Josefina y Fernando al lado del rio

Y de este modo, dejándose llevar como perros en celo, se enamoraron.

 

A partir de entonces se vieron siempre que pudieron, durante tres meses. Las tropas nacionales cada vez estrechaban más el cerco sobre los maquis y por su proximidad con Francia, la región pirenaica era la más vigilada de toda la nueva España victoriosa.

Así que establecieron una forma de verse. Fernando dejaría una carta debajo de la última piedra de la pared de la fuente dedicada a la Virgen de Salas con instrucciones para verse. Ella solo tenía que levantarla de vez en cuando para saber dónde sería la próxima cita.

Así estuvieron viéndose de tanto en tanto, él cada vez más delgado y herido por las escaramuzas con la Guardia Civil, ella cada vez más preocupada por el estado de su amado.

Un buen día dejaron de llegar las cartas al mismo tiempo que llegaron malas noticias. Los habían cogido. Todos los maquis de la zona habían muerto como resultado de una traición. El traidor, un joven engreído y muy tunante, miró a los ojos a Josefina el día que el alguacil, su padre, daba el bando con la noticia.

-Tu poeta fue el primero en caer.- susurró muy bajito en su oído, sin dejar de mirarla.

Durante dos meses llenos de mareos, penas e indisposiciones, Josefina estuvo esperando el entierro digno de su amado, que nunca llegó. En lugar de eso llegó una incipiente barriga y la certeza de que estaba embarazada.

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Josefina saliendo de España

Así que huyó. ¿Qué le quedaba en esa España a parte de vergüenza?

Pero no fue a Francia. Allí la habrían encontrado. Hizo lo que un poeta habría hecho: ir a la madre patria, al lugar donde vivían con los ideales que habían llevado a la muerte a Fernando. Fue a Rusia, con un nombre diferente, donde nadie le pidió cuentas. Estaba claro lo que era. Una republicana comunista española.

Allí vivió una vida larga y apacible, dedicada por entero a su hija. Por eso, cuando Josefina empezó a mostrar las consecuencias de su avanzada edad, le contó esta historia.

Su hija quedó profundamente impresionada.

-Madre- le dijo un buen día mientras Josefina miraba la nieve a través de los cristales de un gran ventanal.

-Madre- insistió.

Era habitual ver a Josefina ensimismada durante horas y horas mirando a través de la ventana, oteando el pasado.

-Dime, Fernanda.

-He comprado dos vuelos a España.

Josefina sintió un dolor en el corazón tan intenso que pensó que iba a matarla.

-¿Cómo?- preguntó con un hilo de voz.

 

Lierta, 2015

 

-Allí, detrás de esos árboles.

A pesar de tener noventa y cinco años, Josefina había recorrido un buen trecho. Llevaban caminando casi una hora cuando encontraron la fuente. Por la maleza que la rodeaba, por la sequedad de todo el entorno, era evidente que hacía muchos años que se había secado el manantial. Quizá setenta.

-Quizá murió al mismo tiempo que Fernando.- Dijo con los ojos empapados en lágrimas. Nunca había vuelto a pronunciar su nombre en voz alta.

-¿Cómo?- preguntó extrañada su hija.

-Nada, cosas mías -respondió- allí está la piedra.

Fernanda se acercó tras retirar unas zarzas y tras mucho esfuerzo logró separar la pesada piedra. Parecía que nadie la había movido en décadas.

-Mamá, aquí hay algo.

Efectivamente, había un papel amarillento y quebradizo con algo escrito:

“Josefina, amor de mi vida, mi luz, mi alegría. Si vivo ahora es por tu gracia. Perdona por no escribirte antes, pero he de decir que he estado en brazos de la muerte durante algunos meses. En los bosques viví de tu recuerdo y la luz de las estrellas.

Huiremos a Francia, amor mío. Ya no creo en esta guerra. Ya no creo en nada. Solo creo en tu vientre sereno y en tu pelo de fuego. Estaré en el paso de San Martín esperándote hasta que vengas”.

Josefina se cayó al suelo tras leer la carta. Era su letra, sin duda. la letra de Fernando.

Cayó al suelo y empezó a reír. Toda su vida había sido una tragedia.

-¿De qué te ríes, madre?

-De que vivió.- dijo cuando se hubo calmado- De que tuvo una vida. Eso me alegra.

Pero pronto lloró amargamente. Lloró tanto y tan amargamente que los pájaros del bosque se fueron, asustados.

-Madre, madre, ¿Por qué lloras ahora? ¿No te alegra saber que vivió, que tuvo una vida? -insistía- ¿Por qué lloras madre?

Josefina contestó en voz baja, hablando lentamente, casi para sí misma.

-Porque no creo en otra.

9 Comments
  1. Anónimo

    Hola que tal estas? megustaria conocerte?

    • Anónimo

      Hola que tal?. Si eres una chica, a mi tambien a ti. ¿ has leido este relato?

    • anta

      Si

  2. Anónimo

    Si

  3. Anónimo

    Buen relato jeje

  4. Anónimo

    Yo podría cargar en esta plataforma alguno de mis relatos eróticos de extensión de 8-10 folios
    sin ningún problema, pero lo añadiría bajo uno de mis seudóminos, aunque sin fotografias, ya
    que son ficticios.

    • admin

      Buenas,

      Si deseas cargar tus relatos en la web, estaremos encantados de publicarlos.
      Un saludo.

      El equipo de follamigos.

  5. Anónimo

    hola me gustaría hablar con tigo

  6. Anónimo

    Dime

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