La puerta se abrió de golpe y ella apareció vestida de novia. Fue una imagen poderosa. Las partes más livianas del vestido danzaban violentamente bajo el efecto de la ventisca que se había desatado fuera y su pelo castaño, frondoso y largo, se arremolinaba furioso delante de su rostro. Tiritaba. Su busto firme y abultado sobresalía por encima del corsé blanco que formaba la parte de arriba del vestido. Cristales de nieve se derretían allí donde los dos pechos se juntaban, de forma que un pequeño río, de apenas unas gotas, bajaba lentamente hasta desaparecer en la carnal oscuridad. Miró toda la habitación antes de entrar. Vio las cosas de comer esparcidas junto a la cocinilla, vio un saco de dormir extendido en una cama, vio un mapa enorme pegado en una pared de madera y, finalmente, vio a Juan, sentado en la alfombra, mirándola con la boca abierta, estupefacto. No había podido articular palabra. Ni siquiera su pensamiento había sido capaz de generar un proceso mínimamente lógico de análisis y  traducción de la situación. Al fin y al cabo, no todas las noches de tormenta aparece una mujer vestida de novia en un refugio de montaña.

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Un mechón de pelo se había instalado en los labios de la mujer, así que tuvo que apartarlo antes de poder hablar. Algo hizo que aquel movimiento fuera extrañamente sensual y Juan la recorrió con la mirada de arriba abajo. Estaba descalza.

– Estoy helada – consiguió decir entre temblores. Pero lo dijo tan bajo, fue tan débil el hilo de voz que surgió de su garganta, que Juan ni siquiera supo si realmente lo había dicho.

Se levantó del suelo y fue hasta ella. Por su cara, era evidente que algo malo estaba pasando. Apoyó suavemente la mano en su hombro desnudo, atrayéndola despacio hacia el interior de la estancia y cerró la puerta. Al instante una calma total cayó como una losa sobre la atmósfera del refugio. Los papeles dejaron de danzar y el aullido voraz del viento entrando a raudales fue sustituido por un débil quejido, intermitente y lejano, como si los intersticios de la estructura por donde se colaba la tormenta estuvieran en otra dimensión.

Los dos estuvieron mirándose sin decir nada un buen rato.

-¿Quién eres? ¿Qué te ha pasado?- preguntó Juan. Su voz sonó demasiado asustada en mitad de la noche.

La mujer ni siquiera le contestó. En lugar de eso se sentó delante de la chimenea, añadió dos grandes troncos a la gran hoguera que ya ardía en su interior y se tumbó acurrucada junto al calor.

-Oye..-acertó a decir Juan.- Necesito que me digas…- pero se paró en seco al notar que la chica había empezado a roncar ligeramente.

La miró. Juan se percató de que faltaba gran parte del vestido, como si éste hubiera sufrido algún percance. Por los arañazos que la chica tenía por todo el cuerpo, era evidente que así había sido. Todavía sufría algún espasmo. Se fijó en que toda su piel relucía al compás de las llamas. Sus pequeños pies estaban morados y arrugados, casi congelados de haber caminado descalza sobre la nieve, y sus piernas se adivinaban suaves e interminables. Su mirada siguió por ellas hasta que el vestido se lo permitió, entonces  se giró un poco más y dejó al descubierto la curva de una nalga, redonda y perfecta. Juan notó como su pene  se endurecía rápidamente y casi sintió un ramalazo de culpabilidad. Cogió una manta y tapó a la chica sin despertarla.

Se sentó a su lado y así estuvo toda la noche, mirándola e intentando contestar un montón de preguntas. ¿Cómo demonios había llegado hasta allí descalza? ¿Por qué iba vestida de novia? ¿Cuál era el pueblo más cercano? ¿Y la carretera? Había tenido que recorrer así vestida por lo menos 5 kilómetros en mitad de una ventisca de nieve.

Y haciéndose estas preguntas sin respuesta, se quedó dormido.

Al día siguiente no había ni rastro de la chica. Juan se preguntó si no había sido todo un sueño. Pero el recuerdo de la mujer era demasiado potente… su piel temblorosa, sus grandes pechos rebosantes, su pelo encabritado. Salió fuera y la vió, reluciente como un espejo al sol, vistiendo aquella rota ropa nupcial.

Estaba acaparando los rayos del astro, que había salido victorioso tras dos días de nieve y nubes, sentada en una roca plana a los pies de un riachuelo.

Se acercó a ella por la espalda con temor a darle un susto y antes de llegar a donde estaba la trató de avisar.

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-Hola.- dijo de forma bastante poco original.

Ella se giró al instante dando un respingo. Sonrió. La luz del sol se reflejaba en el agua danzante y en su pelo, que lanzaba destellos áureos.

-Hola.

-Anoche me diste un buen susto- dijo sentándose a su lado.

-No me extraña, con estas pintas.

Ambos se quedaron un buen rato pensativos mirando la corriente de agua.

– ¿No vas a preguntarme nada?- dijo ella al fin.

– ¿Cómo te llamas?

– Ahora Greta.

– ¿Ahora Greta? ¿Y antes?

– Antes no importa.

Otro silencio, esta vez más largo.

– ¿Tienes hambre?- dijo Juan más que nada para romperlo.

Ella cambió su pensativa expresión por una sonrisa de alegría que desarmó por completo a Juan. Era como si el rostro de la joven hubiera adquirido vida en una fracción de segundo. A pesar de su delgadez, de sus ojeras, de las marcas de un sufrimiento intenso y reciente, toda su cara se  había transformado en algo maravilloso y vital.

 

– ¡Me comería una vaca!- se había puesto de pie de un salto.

– Pues vamos a ello.

Greta lo cogió de la mano camino al refugio y sintió un estremecimiento . Era una mujer tan hermosa como enigmática.  

– Yo cocinaré- dijo colgando las palabras de su maravillosa sonrisa- Vamos a relamernos.

Y por como dijo esa última palabra, Juan sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo, para terminar con una sensación palpitante en la entrepierna. Esa chica lo ponía muy, pero que muy cachondo. Pero… ¿Quién demonios era?

– Deberías ir al río a por agua- le dijo ella  mirándolo de forma extraña, como si se hubiera acordado de algo.- Voy a darte una sorpresa.

– Claro-sonrió- me gustan las sorpresas.

Juan se adelantó y cogió un cubo para llenarlo en el río. Mientras, iba pensaba en lo extraño que estaba resultando todo y, a la vez, en lo buena que estaba la tal Greta. Era muy guapa de cara, la verdad, pero lo que realmente le ponía a cien era su cuerpo voluptuoso, sus grandes pechos, sus caderas, sus piernas tan largas como su propio deseo. Hay mujeres hirientes, de tan bellas. Esta era una de ellas. Por eso, cuando llegó al refugio y la vio tumbada, atravesando la cama a lo ancho, apoyada en la pared, con las piernas flexionadas pero abiertas, por poco le da un infarto.  Sus manos acariciaban su entrepierna a pesar de que se la había tapado con retazos de vestido. Aún así Juan, con la garganta de repente muy seca, pudo ver un trozo de braga vaporosa, transparente, allí donde tapaba una hendidura oscura.

Juan no podía apartar la mirada de aquel triángulo primordial.
– ¿Y tú qué miras?- Dijo de una forma que a Juan le pareció un tanto insolente pero maravillosa.

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A la mierda las respuestas, pensó Juan.

Se acercó a ella despacio, temeroso, pero pronto la chica dejó claro que tenía ganas de sexo. Cuando él le besó despacio ella se separó y le susurró algo al oído.

– Quiero que me revientes.

A partir de ahí todo se convirtió en un torbellino de lenguas y labios y dientes que mordían y chupaban, de saliva discurriendo por los caminos de la piel, de pelo molestando, de soplidos, de resoplidos, de gruñidos, de gemidos que ardían, de una polla entrando y saliendo en la cavidad donde se morían  todos los pensamientos y renacía el animal, en la cueva húmeda y blanda, palpitante, por la que los hombres, siempre, perderían la cabeza hasta el final de los tiempos. Juan embistió sin poder creer lo que le estaba pasando. Ella se arrancó el vestido de novia hasta dejarse puesto tan sólo el corsé blanco.  Los dos sudaban al lado de la chimenea. Greta se dió la vuelta mostrando su culo, redondo y perfecto, como una invitación al paraíso.

– ¿A qué estás esperando?- y su voz tenía la urgencia de los que ya no pueden renunciar al placer, cueste lo que cueste.

Juan prefirió seguir follando su vulva, que a estas alturas parecía un fruta madura dejando escapar todos sus jugos. Todo el interior, sus cálidas paredes, parecían estar vibrando, como un millón de abejas.

Al cabo de dos minutos de unas acometidas cada vez más aceleradas, ambos comenzaron a gritar a la vez, de forma muy diferente cada uno. Imposible saber quién estaba sintiendo más placer. Ella dejó de gritar largo tiempo después que él.

Cuando terminaron, todavía jadeante, dentro de ella, Juan le hizo la pregunta.

– ¿Quien eres?

Greta se lo quitó de encima suavemente.

– La que te va a hacer el mejor desayuno de tu vida.

Efectivamente, Juan pensó que posiblemente lo era. Consistía en huevos fritos con bacon y pan hecho por ella, con la harina y la levadura que alguien había dejado allí anteriormente. También hizo un café realmente bueno, intenso, al que añadió leche condensada.

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Pasaron la mañana haciendo una pequeña excursión por los alrededores, hasta llegar a un pequeño lago, congelado en su mayor parte. Ella iba vestida con ropa de Juan y, por algún motivo, seguía estando sexy con todas esas capas encima.

Regresaron al refugio al principio de la tarde y se quedaron profundamente dormidos hasta que el ruido de un motor los despertó.

– No dejes que me lleven- dijo ella mirándolo a los ojos.

– ¿Cómo?- preguntó Juan.

En ese momento llamaron a la puerta. Al otro lado se encontraba un oficial del cuerpo de montaña de la guardia civil.

– No abras.- suplicó Greta.

El guardia civil estaba mirando por la ventana y los había visto a los dos.

– Pero si ya nos ha visto. ¿Qué es lo que has hecho, Greta?

– ¿Yo? Nada.- pero estaba claro, por sus ojos aterrados, que no era cierto.

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-Pues entonces abramos.

-¡No!

– Greta…- dijo Juan mientras abría la puerta.

El guardia civil entró con cara de pocos amigos.

– Joder, Laura, esta vez has llegado lejos.

Así que Laura, pensó Juan mientras la curiosidad, mezclada con un poso de tristeza, le invadía.

– ¿Que sucede agente?- preguntó.

– ¿Que tal el polvo?- contestó el guardia civil dejando estupefacto a Juan.

– ¿Perdón?- logró decir.

– Quédense aquí, tengo que hablar por radio. Laura, no hagas ninguna tontería.

El agente fue hasta el coche, dijo algo por la radio y se quedó allí, fumando tranquilamente.

– ¿Me vas a contar qué demonios pasa, Laura?-preguntó Juan, molesto.

– No.- En los ojos de ella algo había cambiado. Ahora brillaba en ellos, encendida, una actitud desafiante.

Al cabo de unos minutos interminables de preguntas sin respuesta Juan decidió salir a hablar con el guardia civil. Cuando estaba llegando a su altura, una extraña ambulancia todo terreno llegó hasta el refugio.

“EL DESCANSO” Hospital psiquiátrico. Rezaban los logotipos de sus laterales.

4 Comments
  1. Anónimo

    Como fantasía bien ,
    Pero la reales siempre son mejores ,xf animarse .
    Yo en el momento q tenga algo lo dire

  2. Anónimo

    Nuca lo he probado.
    Y no es porque sea de la vieja escuela. Todo cambia tan deprisa que quiero hacer todas las locuras posibles. Me encanta el amor sentir una mujer hacer locuras hasta me lo he planteado con un travesti pero que este bien,no se echar me una mano porque soy el yonki del amor

    • Anónimo

      Foyamos

  3. Anónimo

    Hola wapa!! Kieres kedar pa este finee??

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